Navidad a prueba de familia

Aproximadamente, a finales de Noviembre, en España, en otros países empiezan antes, se despierta en nosotros el “espíritu navideño”. El mismo que nos incita al consumismo y reactiva la economía, también nos conecta con aquella parte más generosa y humana de nosotros mismos, aquella que nos recuerda que hay gente que lo pasa mal o peor, despertando la caridad que, en muchos casos, tenemos aparcada durante 11 meses y también recordándonos que es momento de reencontrarse con nuestra familia y seres queridos. Como canta el slogan de una conocida marca de turrón …….”Vuelve, a casa, vuelve, por Navidad”.

Y a mediados de Diciembre, poseídos por este espíritu, ilusionados y repletos de buenos deseos, iniciamos los preparativos.  Entre padres y hermanos, nos asignamos fechas, comidas y cenas. Decoramos nuestras viviendas, compramos regalos, enviamos felicitaciones (cada vez más sofisticadas y menos personalizadas gracias a los avances tecnológicos y al poco tiempo de que todos disponemos….Sigo prefiriendo un escueto mensaje de “Felices Fiestas” que al menos ha requerido que quien lo envía por un minuto haya pensado en mi, que una maravillosa felicitación con música y dibujos animados, que otros 200 contactos de la agenda del remitente, reciben al mismo tiempo que yo).

Y por fin, en Nochebuena, nos sentamos todos alrededor de la mesa, de forma muy similar a como lo hacíamos en nuestra infancia, con la excepción de los allegados a la familia, que ocupan sus puestos junto a sus correspondientes parejas. Y en aquel momento, no importa si han pasado 20 o 40 años, hermanos y padres repetimos automáticamente el modelo aprendido en origen.  Cada uno de nosotros ocupamos nuestra posición en el sistema familiar, siguiendo el orden que nos corresponde en función de nuestro nacimiento. Y de la misma forma en que, desde muy pequeños, aprendimos a competir con nuestros hermanos para recibir la máxima atención, cariño, aprobación y reconocimiento de nuestros padres,  ellos también aprendieron a darnos un trato diferencial en función de nuestra posición y forma de ser.

Un ejemplo de ello, bastante generalizado, podría ser el que le escuché recientemente a Emilio Duró en una conferencia y que puedo corroborar por diversos casos que he conocido:

Una familia en la que conviven padre, madre y 3 hijos:  al primero, necesariamente le ha tocado vigilar o cuidar a los siguientes, cuando los padres no dan para más y allí, aprende una responsabilidad que a su corta edad, aún no le corresponde.

El segundo, tiene que esforzarse por ser visto tanto como el primero que le hace sombra, a la vez que intenta tapar al tercero,  que vino a quitarle su lugar de pequeño y además requiere más cuidados y atención de la madre. Y aquí aprende la inseguridad.

El tercero se encuentra unos padres muy atareados con trabajo y familia, ya no cuenta con la novedad ilusionada de los primeros pasos o el primer diente, ni la preocupación de su madre por una fiebre alta. Y aprende una independencia que puede tacharse de pasotismo.

Y bajo este encuadre muy global y en función de su genética y otros elementos influyentes, cada hijo desarrolla unas estrategias (EGO) que le permitirán sobrevivir durante los primeros años de vida.

El responsable se gana la confianza de los padres, con el coste de una carga excesiva. El inseguro vive en un esfuerzo permanente por destacar, que le priva del juego y el disfrute en el momento en que corresponde. El pasota conquista la libertad, perdiendo parte del sentido de arraigo y pertenencia. Y hasta aquí, de pequeños, ninguno tenemos la opción de escoger.

Y luego crecemos, volamos del nido familiar y adquirimos otros conocimientos y prácticas: los que nos permiten andar por la vida, relacionarnos con los demás, formar una familia, pertenecer a un equipo de trabajo, …mayoritariamente, de forma adulta,.

Pero cuando nos situamos en el mismo contexto de la infancia, automáticamente se vuelve a activar nuestro rol de niños y repetimos aquellos patrones de competición, tan bien forjados. Y todo aquello que tanto nos dañó, aquellas heridas que todos tenemos, unos mejor cicatrizadas que otros, se reabren y vuelven a sangrar. Y el día 26, estamos deseando que finalicen las fiestas para recuperar la “paz” o como mínimo, la estabilidad de nuestra compostura adulta.

Y allí está nuestra eterna lucha. Por una parte, nuestro amor incondicional a la familia de la que formamos parte. Por otra, la necesidad de alejarnos de aquellas situaciones que nos duelen. Y mientras intentamos negar la primera o forzar la segunda, el malestar, fruto de la contradicción, nos embarga.

Y ante esta realidad que, en más o en menos, nos afecta a todos los humanos, a mi modo de ver, sólo caben dos respuestas: la diferenciación y la aceptación.

Diferenciar el vínculo de la relación. Los padres que nos dieron la vida y los hermanos que además de la sangre, compartieron la vivencia de nuestros primeros años, son una parte vital de nosotros mismos. Y en este aspecto, lo que toca, es honrar y agradecer lo que nos han dado y que tiene una gran influencia en lo que somos a día de hoy. Y por otra parte, aceptar que como personas, todos y cada uno tenemos defectos y virtudes, que nos podemos hacer regalos y heridas, y en función de si hay más de lo primero o de lo segundo, decidir la frecuencia de relación que queremos/podemos mantener sanamente. Y esto es solo una cuestión de poner mayor o menor distancia física, como personas, precisamente para proteger el vínculo que, como familia, nos une.

Así, cuando un acontecimiento importante azota a cualquier miembro del sistema familiar,  todas las desavenencias personales quedan sepultadas bajo el manto de un sentimiento mucho más profundo y trascendental: el amor incondicional hacia nuestros padres y hermanos.  

 

                                                                                            Lidia Paniello, Enero 2015.