Recupera el sentido de tu vida

Cuando María se casó con Julián, entre ambos decidieron que ella abandonara su trabajo de encargada en unos grandes almacenes,  para dedicarse al cuidado de sus hijos, su marido y la casa. Esta decisión fue una buena solución para ambos, pues a ella le encantaba el proyecto familiar y su marido viajaba mucho, con lo que no podría ocuparse de sus hijos, cuando estos llegaran.

Durante 25 años María puso todo su tiempo, esfuerzo, amor y dedicación al cuidado y educación de sus hijos y se ocupó de todas las tareas de la casa, además de su marido. Y llegó el día en que el último de sus tres hijos, abandonó el nido para comenzar su vida de adulto independiente. Y entonces, María se dio cuenta de que todo aquello que había tenido sentido para ella, todo aquello que había llenado su vida, había desaparecido. Ya no tenía nada que hacer. Y cayó en una depresión.

Acompañada por un familiar, llegó a mí en un estado de completo abandono y apatía. Su cuerpo mostraba claramente su pensamiento y emoción. Era un cuerpo derrotado, que se arrastraba por la vida en lugar de caminar. Su mirada, vacía, no se separaba del suelo, su respiración se escuchaba como un sollozo profundo y prolongado.

Y entonces empecé a conversar con ella.

María, comprendo el vacío que ha quedado en ti y ¿Qué es lo que más te cuesta aceptar de esta situación?

Que yo he dado la vida por ellos y ahora ellos se han ido, me han abandonado. Me respondió María.

Significa esto que no tienes ningún contacto con ellos, no los ves ni habláis nunca?

No, eso no!! - Responde alarmada. - Ellos vienen cada domingo a comer a casa y durante la semana nos hablamos por teléfono. O nos enviamos mensajes. Normalmente son ellos quienes lo hacen.

Y para qué crees que hacen esto? Le pregunté.

Bueno supongo que me echan de menos, que se preocupan por mí.

Ah! Exclamé yo. Te parece que estos actos son propios del abandono? María negó con la cabeza gacha.

Maria, repite por favor estas palabras: “Mis hijos ya son adultos y a pesar de que no viven en casa, seguimos estando muy unidos”. Su mirada se eleva hacia la mía, su voz suena más fuerte que antes. ¿Qué te ocurre cuando te escuchas decir estas palabras? Le pregunto.

Dicho así, no es tan grave - me responde María.

Imagina otra situación en la que tus hijos no pudieran marcharse de tu casa ¿Qué motivos podría haber?

Pues que estuvieran enfermos, o no tuvieran trabajo, o fueran unos inútiles que no quisieran trabajar….- enumera Maria.

Y dime María, ¿Cuál de estas situaciones, para ti, es mejor que la tuya?

Ah no!! Ninguna de ellas. Se apresura a contestar.

Entonces, quizás tienes algo de lo que alegrarte, algo para agradecer? María asiente con una tímida sonrisa.

Y qué más tiene de bueno esta situación? Qué podrías hacer ahora con todo este tiempo libre que te acaban de regalar?

María se queda pensando durante unos segundos: - De niña siempre había deseado ayudar a los demás y ahora que tantas personas lo necesitan, podría hacer algún servicio de voluntariado, en un comedor social o en un centro de acogida de niños. Si, esto se me daría muy bien. Como madre y ama de casa, he aprendido a cocinar, a cuidar enfermos, a contar cuentos, a acariciar y consolar, a jugar….- y mientras María va enumerando las capacidades que ha desarrollado en estos años de dedicación a los suyos, una nueva energía se apodera de ella. Vuelve a sentir ilusión por la vida. Ve una nueva oportunidad de ser y hacer aquello que siempre ha tenido sentido para ella: cuidar a los demás.

Esta es la conversación que María necesitaba tener consigo misma para poder cambiar su mirada respecto a su nueva situación. Para poder pasar de la depresión a la ilusión. Para volver a ser un regalo para los demás y para el mundo.

Tú no eres responsable de la cara que tienes, pero sí de la cara que pones.